Mucho antes de empezar bachillerato yo ya quería ser médico. Siempre me han apasionado los hospitales, los quirófanos, las batas blancas, impolutas, la emoción de poder ayudar, lo grandioso que debe ser salvar una vida. Lo que pasa es que cuando llevas mucho soñando con algo comienzas a dar las cosas por hecho y puede que llegues a pensar que ya estás en ello, o que con sólo un par de años más de estudio comenzará a hacerse realidad todo lo que llevas teniendo en mente tanto tiempo.
Pero no, porque de repente, justo cuando crees que el sueño está ahí, a dos años, empieza el primer paso. Todo comienza mucho antes de lo que esperabas y te das cuenta que hacer lo que tú quieres depende de esos dos años. De todo lo que trabajes. De todo lo que te esfuerces. Y, ¿por qué no? De la suerte que tengas, del instituto que tengas, de los profesores que te toquen y de la gente que te rodea.
Y zas, empieza así, de repente. Y en septiembre comienzas en un sitio completamente nuevo, con gente completamente nueva y sintiéndote completamente solo.
'¿Y así, y aquí, tengo que sacar yo notazas?'
Y no lo negaré: te vienes abajo. Pero una de las cosas más bonitas de los dos años de instituto es el conocer gente y hacer nuevos amigos. Y eso es lo que haces. Y te aferras a ellos. Y cuando te quieres dar cuenta, los primeros exámenes llegan y el juego comienza.
Mi primer trimestre no fue radiante ni mucho menos. El desánimo fue real. Si que es verdad que con todas las novedades el estudio se hacía un poco cuesta arriba. Y cuando te entregan el boletín de notas... Uf, ¿qué he hecho yo estos tres meses? Adiós Medicina, adiós, adiós, adiós...
Pero tío, ¿me lo estás diciendo en serio? De verdad comienzas a renunciar a tu sueño cuando sólo llevas un maldito trimestre jugando a este nuevo juego. Y zas, cuando me quise dar cuenta, las Navidades pasaron y otra vez llegaron los exámenes y los bordé. Y el boletín de notas llegó y yo no podía estar más contento. Medicina parecía un poco más posible. Pero, en este mundo, los momentos de alegría hay que aprovecharlos porque duran poco. Y en este caso, los típicos buitres carroñeros, frustrados por tu pequeño éxito comienzan a sobrevolar y a soltar sus típicos 'Con esas notas no llegas, ni de coña'. Lo peor que puede pasar es que uno de esos buitres se camufle como uno de tus amigos y se haga mayor hasta convertirse en un pequeño quiste que al final terminas sacando pero que duele, porque lleva ahí demasiado tiempo. Pero se tiene que ir. Porque una de las cosas que más claras tengo es que todo lo que llevo conseguido hasta ahora no hubiera sido posible sin gente que te apoya, que está ahí y que te quiere de verdad, incondicionalmente y que te repite, una y otra vez una de las cosas que a mí más me ayudo a no volverme un poquillo loco: 'Un número en forma de nota no te define'. Y es verdad, ¿qué pasa si con esas notas no entraba en Medicina(algo que era falso)? ¿Acaso no tenía otro año para subir esos dichosos numeritos que terminas odiando? Eso numeritos no te definen. Te defines tú en el día a día. Te define el tesón que empleas para volver a estudiar una asignatura que se te ha atravesado. Te define la humildad ante los éxitos. Te define la fuerza antes los fracasos. No te define una nota.
Y con la mente plagada de ese tipo de pensamientos llega el tercer trimestre y los exámenes finales y de repente has terminado. Has terminado primero de bachillerato de Ciencias de la Salud sin problemas, sano y salvo, con más gente a tu alrededor que con la que entraste, y con un largo verano por delante para descansar.
Pero antes te tienen que dar las notas. Un 33,33% del trabajo estaba hecho, sólo quedaba segundo y PAU. Pero, ¿y si las notas no son como esperaban? Y pasó, pasó que no fueron tan buenas como yo esperaba y me hundí. Jamás había estudiando tanto. Me lo había currado. Había echado el resto en los finales. Y eso no se reflejaba en mis notas. Estaba dolido. Pero, a veces, Dios, el Espíritu Santo, tu madre, el director o un profesor que siempre está despistado hasta que deja de estarlo te dice 'Hey, a mí no me salen las cuentas'. Y pasa que donde ponía un nueve debería poner un diez y donde pone un ocho, un nueve, porque a veces, aunque no lo queramos admitir, la tecnología y los dedos humanos fallan. Y terminé primero de bachillerato con un nueve de media. Feliz pero también con una cierta espinita clavada y una vocecilla que me decía 'Aprieta, aprieta, el año que viene aprieta todo lo que puedas para que, en caso de que al final salga mal la cosa, nunca te puedas arrepentir de haber no estudiado más' Y eso hice. Elegí mis asignaturas para el año siguiente. Me decanté por la famosa 'doble vía' (mates, física, biología y química) algo criticado por los famosos buitres. Pero, y esto os lo digo con total sinceridad, elegir la doble vía ha sido una de las mejores decisiones que he tomado.
Y así acabé primero de bachillerato.
No hay comentarios:
Publicar un comentario